MERCADERES DEL ESPACIO (Y DE LA TIERRA TAMBIÉN)
Después de una desdichada lectura, ya que tuve la mala idea de intentarlo con la “continuación” de Rebeca (escrita por Susan Hill, que debería haber utilizado la energía para cualquier otra cosa), he tenido buena suerte. Y eso es porque escogí de entre todos los libros que tengo pendientes “Mercaderes del espacio” de Frederik Pohl y C.M. Kornbluth.
Vale, que la mayoría de aficionados a la ciencia ficción ya se lo han leído hace décadas, que es un libro de los años 50 y que me lo compré en el 2004, y ya me vale que haya esperado dos años a leérmelo. Pero ya está hecho. Y ha sido una grata experiencia. Menos mal.
La novela parte de una idea que no nos puede resultar para nada desconcertante: que la sociedad está en manos del sistema económico y que los poderes políticos sean el campo de las empresas publicitarias. No es nada descabellado. Todo se puede vender al consumidor con la correcta campaña publicitaria. Ya nos lo hacen ahora ¿no? En los países consumistas estamos prácticamente atados por el consumismo de todo tipo de productos: el coche con el que hemos de soñar porque nos gusta conducir, el producto que lava más blanco, el alimento de los campeones, las vacaciones soñadas, los electrodomésticos que harán nuestra vida mejor… la lista es larguísima. Pues todo eso, elevado a n, es lo que ocurre en la novela.
La sociedad se divide entre consumidores, productores y ejecutivos, y el publicista es el rey. Hay carencia de todo: agua, suelo, comida, pero lo solucionan a la brava. ¿Qué no hay comida? Pues inventamos la Gallina, las croquetas de soya o las proteínas sintéticas. Al café se le añaden unos granitos de nada de alcaloides y ya tenemos asegurados a los clientes de por vida. ¿Qué hay carencia de espacio? Pues ya sabéis, a plegar la cama para desplegar la mesa y, luego, plegar la mesa para poder salir por la puerta. Así vive la mayoría de la gente, hacinados pero felices consumidores. La cuestión es tener a todo el mundo agarrado por donde más duele si uno se quiere soltar.
Entre un proyecto para colonizar Venus y un grupo de disidentes que luchan contra la explotación indiscriminada y abusiva de los recursos naturales, se acaba encontrando Mitchell Courtenay, un publicista treintiañero casado con una cirujana con un curioso contrato (lo llaman "matrimonio interlocutorio") que acaba de ser ascendido a jefe del proyecto en cuestión.
La novela es duramente crítica con el sistema económico y social basado en el consumismo puro, algo que podría llegar a ocurrir en un futuro, no sé cómo de lejano. Es divertida porque sabe criticar usando la ironía y el sarcasmo, arrancándonos una sonrisa aunque algunas situaciones, vistas desde otra perspectiva, puede que no tengan nada de divertidas. Es certera y consigue que te plantees muchos aspectos de nuestro propio presente. Y fue escrita en los años 50 y no ha perdido su vigencia. En absoluto.
En la contraportada del libro se recuerda una frase de George Orwell que tiene mucho que ver con lo que esta novela relata, que estamos en camino de que los lujos sean más fáciles de adquirir que los productos de primera necesidad. Como no vayamos con cuidado puede pasar. Si no, como muestra un botón, ¿qué producto de primera necesidad hay más básico que tener un lugar en el que vivir? Ya nos ofrecieron la solución del piso de 30 m2, y espero que los que tuvieron tan gran idea no lean este libro porque pueden coger de peores.


